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Inadorable y común de rostro

Paranoia creativa

¿Filosofía?

¿Filosofía?

Mi filosofía se entretejió con fragmentos de seres humanos vivos y muertos, todos de corrientes distintas... y la mayoría tenían razón, en consecuencia, sus grandes máximas han contribuído a construir un inmenso vacío en mi interior.

Y yendo más allá, si cabe, he forjado la insana costumbre de no creer absolutamente nada de nada de nada. ¿A qué lleva esto? pues... probablemente, y por propia experiencia, a tomarle cariño al desencanto, a la media sonrisa del hastiado,a esperar la desgracia.

Y en raras ocasiones a una locura tal que impulsa a escribir idioteces en la cama hasta el culo de Orfidal para no pensar en lo vanal de la existencia.

Lo que queda es vivir lo que venga, que no será bueno, y si lo fuera, no lo será el tiempo suficiente.¿Qué hacer? Nada.

Cuando no puedas más llora hasta que te falte el aire y se te hinchen los ojos como melocotones, después todo pasa como una resaca y vuelves a despertar en el mismo día anterior con variantes como el día de la semana, el número inventado del inventado mes, del inventado calendario.

               Y la vida se va.

                        Y qué más da.

                                    A quien coño le importa, si debería importarte a ti y te da igual, nihilista de medio pelo.

Nada importa. Ya pasará, todo es pasado.

¿Y en el pasado tampoco hay nada? No, el pasado se construye de multitud de ladrillos que representan en su mayoría la más absoluta crueldad, terror, muertes, guerras, injusticias, desesperación... y las cosas buenas que han pasado, han pasado, y al acabarse se convierten en la armagasa de tristeza que compacta esos ladrillos de borra podrida.

¿Y no hay solución? No. Asume esto e intenta seguir levantándote por las mañanas y continuar, pero no pienses, no sientas, porque te hundiras en fango.

 

Toc toc toc

Toc toc toc

Y otra vez están aquí.

Ya se conoce todo sobre ellos. No guardan secretos porque son de creación propia, porque nacieron al tiempo, a la vez que tú. Sabes lo que son, no lo que quieren,  tal vez sí.

Creo que lo que hacen podría llamarse acoso.

Abordan. Asaltan. Injurian. Gritan. Molestan. Agreden. Matan.

Raza, estatura, color de pelo u ojos, estado civil, nacionalidad, número de la seguridad social o años cotizados es lo que varía. Siempre. Y también las circunstancias que los rodean. Pero son inconfundibles. Allí están. Son nuestros fantasmas.

Tan nuestros y tan oscuros son que no los presentamos a nadie, los guardamos como un tesoro, como los buenos momentos.

A los fantasmas de verdad se les esconde y se les mima.

Sobre todo se les alimenta. Se les empacha.

Van creciendo por las paredes húmedas como la hiedra (gracias Pablo), invaden.

Aristóteles entona su discurso del movimiento, del acto y la potencia. Y todo pasa.

Ni los muy pobres se bañan en el mismo río.

 

Perdón por la desidia.

Reconozco y lamento haberme entretenido en el desierto de la vacuidad. Estos días he estado alimentando el alma con diferentes lecturas y reconozco que ha sido más que útil. Supongo que después de la calma llegará otra tempestad. Espero.

Han sido unos días más que prolíficos aunque a este lado del mundo no sea perceptible. Esta imagen de una sóla cara no hace justicia a la experiencia vivida. Soñada. Pensada. Andada. Dormida.

Estos días he atesorado un par de historias, muchas palabras, zumos de naranja, alguna sorpresa, alegría, una visita inesperada y un beso de agradecimiento sincero. No está mal. Aderezamos con retazos de una amistad mantenida e inmaculada. Me alegro de poder llevar mi mochila a la espalda llena de todas estas cosas. Las otras no las menciono porque están oxidadas, y huelen fatal.

He de confesar que no he terminado. Que busco ansiosa otro libro que devorar. Cuando todo esté en calma tal vez pueda escribir de ellos. Cuando todo esté en calma.

Ahora he de buscar ese instrumento que engorda almas y provoca contracturas. Ese que combate enfermedades endógenas del ser humano. El libro, sí, pero el que esconde literatura, no el que combina palabras hasta articular frases, una detrás de otra, como fichas de dominó. Busco pedacitos de alma.

Por los pelos

Por los pelos

Es el hijo menor de Zeus y Tyché, su nombre es Kayrós que en castellano se traduce como el momento justo. Nunca deja de correr, y su larga melena le cubre la cara, la nuca en cambio, la tiene afeitada, y es que a la ocasión no la pintan calva, sino medio calva. Ofrece sus largas melenas al que tiene delante para poder asirlas, pero una vez que ha pasado, nadie puede darle alcance porque no hay de dónde agarrar.

Eso es lo que pasó, en el momento justo, en el momento oportuno, Kayrós pasó por capricho y sin avisar, de puntillas como es su costumbre, y no lo vimos, y llegamos tarde. Me gustaría decirle un par de cosas, nada le costaba haber avisado porque estábamos lo que se dice al lado. Así nos hubiéramos ahorrado un disgusto... porque algunas situaciones no gustan a nadie, y menos cuando le pasan a personas que quieres.

A Kayrós le acompaña Kronos, que es el tiempo que pasa. No sé cuál de los dos es peor. En realidad son las dos caras de una moneda, el momento y el tiempo. Contra ellos nada podemos hacer los humanos, tan sólo aprovecharlos al máximo rodeados de aquellos congéneres que dan sentido a nuestras vidas. De eso sabían mucho los antiguos. Ahora debería hablar del carpe diem pero no lo haré, siempre lo evito por manido (y porque se va con cualquiera).

Contra estos dos desalmados, Kayrós y Kronos, lo más aconsejable, es rodearse de personas que no olviden con el tiempo los buenos y los malos momentos. Y que te quieran siempre.

Y a los demás...

Un paseo

Un paseo

En Radio Zaragoza sonaban Angelitos Negros o Dos gardenias... no lo sé muy bien. Se colocó sus pantalones milrayas recién adquiridos, la camisa de rayón, la americana de grandes hombreras y con el pelo hacia atrás modelado con brillantina fue a dar una vuelta. Salió a la calle ataviado con la gabardina, como era su costumbre. Quizá quedó con su amigo el fotógrafo en el Café Alaska, aunque seguramente fuera en el Ambos Mundos, porque le gustarían las columnas de hierro fundido y el color pastel de la decoración modernista. Allí charlaría de Amparo Rivelles, Robert Taylor, la Piquer o Manolete. Supongo que también hablaría de economía y de lo mal que andaban las cosas, después de una guerra, ya se sabe. Tal vez también se comentó algo sobre estraperlo y cartillas de racionamiento. Quizá fuera demasiado comentar, a lo mejor preferían hablar de Soladrero o Amestoy y del campo de Torrero. No dudo de que la mayoría  de las conversaciones  volarían alrededor de los topolinos de la vecina. Al salir del café verían la Facultad de Medicina, donde pronto sería operado, aunque no creo que eso lo supiera todavía.

Tras el café y la charla se acercaron al Frontón Cinema para ver un combate de lucha libre americana o quizá al Teatro Principal, a ver alguna obra que la censura hubiera permitido estrenar.

Tal vez, en su día libre, mi abuelo se pasara la tarde dibujando a grandes estrellas del cine, como demuestra lo poco que me queda de él. O guardando recortes de periódicos con mapas que explicaban el desarrollo de la segunda Gran Guerra, no sé si leería lo que llegó a continuación, no sé si llegó a conocer lo que hoy sabemos, aunque a través del tamiz informativo seguro que le llegaron noticias de aquello. No hay recortes de eso.

Ahora, y llevan ya un tiempo, están reformando el Paraninfo, la antigua Facultad de Medicina, donde a mi abuelo le detectaron el cáncer que intentaron extraerle, y no consiguieron, aunque Guadalupe le dijera lo contrario, es comprensible que no se lo dijera, el joven sólo pasaba el cuarto de siglo por un par de años y no vería ninguno más.

He entrado pocas veces al Paraninfo, siempre por obligación, pero me gustaba que estuviera allí, ahora no sé qué será de aquello que contemplaron los ojos del abuelo. Y cada vez queda menos. Con imaginación, a veces, voy a pasar la tarde con mi abuelo, vamos al cine a ver la última de Cantinflas o Jorge Negrete. En verano compramos melón, en invierno, castañas, y entre bocado y bocado, pone ojos como platos cuando le hablo de un tal Bill Gates.

El Pórtico de la Gloria

El Pórtico de la Gloria

Les voy a contar un cuento sin paradoja. Un sinsentido. No sé si habrán visitado Santiago de Compostela. Hasta allí nos desplazamos.

Al entrar en la Catedral Jacobea por la portada de la actual plaza del Obradoiro se puede observar el pórtico que realizara el maestro Mateo fechado en 1188.

Entre las estatuas-columna que representan a los Profetas encontramos una que sonríe. Es el profeta sonriente, su nombre no lo voy a decir (porque se llama como tú). Sonríe porque tiene delante a la reina de Saba, a quien en el siglo XVIII le pintaron el escote por descocada. (De eso te ríes. Te ríes de las mujeres y las utilizas para divertirte) Pobre reina de Saba que acabará enamorada, sola y llorando a pesar de los antidepresivos. Desvelada. Lo gracioso es que el profeta de la enorme y preciosa sonrisa, estatua-columna que vive sometida al fuste, no llegará nunca a tocarla, a olerla,  ríe porque es tan idiota que no sospecha siquiera su condena. Desconocedor del alma de la reina se conformará con observar lo que el arzobispo púdico no escondió bajo la pintura.

Quizá fue condenado a mantener su sonrisa pétrea sine die, con lo que duelen las largas sonrisas forzadas (aunque el rey de la comedia identifica reto y adversidad). O quizá simplemente ganó y la condenada es ella, obligada a contemplarle sonriente, inocuo, indolente.

No envidio el espacio que les separa porque en ese corto vacío corren tormentas y resuenan lamentos.

Lástima que no puedan apagar el móvil y dar media vuelta y volver a casa. El profeta contemplaría sus cuadros y canturrearía su música, la reina jugaría con su gata y escribiría poesías.

Así es como el olvido gana sus batallas.  

Es más, que las siga ganando, porque semejante tortura sólo es asumible por estatuas-columna de granito condenadas a la eternidad de un fuste.

Para los humanos, un recuerdo que cure el olvido, como mucho, y a la cama, a dormir, que mañana será otro día (igual).

Demasiadas cervezas

Demasiadas cervezas

Recuerdo

como condenamos al sol con una persiana,

y robamos a los poetas sus canciones,

rescatamos: óleo y carboncillo de antaño…

una serpiente…

y su tentadora manzana.

 

No sabía

que el calor de lumbre de tus brazos

embalsamara al desamparo

que fielmente me acompaña cada día.

 

No imaginé

que mi primavera se refugiara en tus labios,

en copos rebosantes de recuerdos

que han ido cayendo en mi alma

al compás que marca el tic-tac de las saetas.

 

No olvido

soñar con tu boca a deshora,

ni comprar boletos,

ni tentar al destino desafiando a los molinos.

 

Recuerdo

como suena el malnacido ruido

que marca, cobarde y asustado, el lugar exacto

donde nace el olvido.

El jardín de mi casa

El jardín de mi casa

En el jardín de mi casa solía residir un gnomo de cerámica, entre las rosas y el arbusto que mi media costilla regaba incansablemente hasta el mismo día en que murió. No era un enano clásico de rojas vestiduras y largas barbas blancas. Ataviado siempre con gabardina y gafas de sol disfrutaba leyendo el New Yok Times a primera hora de la mañana. Le observaba desde la ventana de la cocina a la hora del desayuno. Entre sorbitos de café contemplaba al enano pasar las hojas del periódico mientras negaba con la cabeza. Después lo leía al revés, y con un rotulador amarillo fosforito subrayaba letras sueltas al tiempo que contaba en voz alta los números primos de dos cifras in crescendo, y luego, comenzaba otra vez. Más tarde se retiraba detrás del arbusto. Allí permanecía. Cuando volvía de mi trabajo en el bufete de abogados, como ilustre pasante, y miraba al jardín, se le veía normalmente charlar con Manchas, el perro de la vecina, o jugar al dominó con los gatos de la difunta señora que ocupaba con anterioridad el piso de la vecina. Al ocuparse de nuevo la casa Manchas se dedicó a desperdigar a los felinos amigos de la fallecida anciana por el barrio. Porque todos preferimos disfrutar de la solemne posesión del sofá en solitario. Una mañana decidí burlar al gnomo de jardín y esperar a ver dónde iba tras su retirada a los arbustos. Como cada mañana me dispuse a ir al trabajo, pero en lugar de bajar con mi monopatín calle abajo, dí la vuelta a la altura del puesto semi ambulante de literatura erótica de la calle paralela a la mía. Observé desde lo alto de una farola cómo el gnomo se metía en casa utilizando la gatera, bajé de un salto y rodeé la casa, entrando en el momento justo en que empezó a teclear en internet. Le pregunté qué estaba haciendo y con la cara sumisa de un dogo sorprendido comiéndose las magdalenas de su dueño me contó su historia. Era un agente infiltrado del CESIGJ (Centro de Seguridad e Inteligencia de los Gnomos de Jardín) investigaba la información de una fuente que aseguraba que tanto el Movimiento de Liberación de Gnomos de Jardín como el Frente de Liberación de Enanos de Jardín preparaba un atentado kamikaze en los bosques al norte de Devon, Inglaterra. Allí se encuentra la reserva de gnomos más grande del mundo con casi dos hectáreas de terreno y más de mil gnomos y duendes. Si culminaban su correría sería un verdadero desastre. Una matanza. Los altos mandos del CESIGJ se comunicaban con él a través del New York Times, y siguiendo una dificilísima clave numérica daba con unas páginas de internet que debía consultar desde mi casa, porque mi jardín carecía de toma de tierra. Sus compinches, Manchas y los gatos, le ayudaban a recopilar información de los gnomos de los alrededores. Intentó enseñarme algunas carpetas con información al respecto pero no pude leerlas porque mis gafas se rompieron cuando bajé de la farola. Al verme implicada en semejante operación mis nervios comenzaron a agarrotar mi cuello provocando una galopante tortículis, intentó el gnomo calmarme confesando que mi colaboración sería recompensada y que nos sometían a una intensa vigilancia vía satélite. Gracias a sus palabras y un litro de tila empecé a relajarme. Mi única responsabilidad era aparentar normalidad. Al principio me resultaba complicado, luego me acostumbré, tanto, que cuando el gnomo me contó el feliz desenlace yo sólo pensaba en qué haría él al haber finalizado su misión. La policía de Lothian apresó a los kamikazes en mayo del 2004, se trataba 14 gnomos de jardín que sufrían paranoia por inyección de excrementos de ardilla tratados en laboratorio. Al parecer el gnomo también se había acostumbrado a mi presencia y, cuando la reserva de los bosques de Devon nos pagó una suma que haría temblar al mismísimo Gates por nuestra hazaña, decidimos comprar una pequeña isla al lado de la que tuviera Marlon Brando para envejecer con dignidad. Manchas sirve los cóckteles mientras los gatos masajean con sus patas nuestras espaldas, después, por la noche, encendemos una hoguera y todos juntos cantamos los grandes éxitos de Los Pecos. Esto es felicidad.

Tener fe

Tener fe

   Para aquellos que como yo siempre tienen la mosca detrás de la oreja y no se creen nada, ésto de que le inviten a hacer uso de la libertad de expresión sin ningun tipo de censura a priori... como que no nos resulta creíble. Por otro lado, tengo que reconocer, que si hago una reflexión empírica (que se note que he estudiado), ante mí hay un espacio en blanco sólo para mí, herramientas de edición (con lo que a mí me gustan).. pero no, la incredulidad se apodera de mí: ¿y si me estoy esforzando en vano? ¿Qué pasa si llego al final, le doy al botoncito y mis palabras se las lleva el duendecillo malo que trabaja para Bill Gates?. La propia dueña de este blog no me da ninguna garantía de que vaya a funcionar, ¿por qué he de creer?.

   A pesar de ello, he de decir que, en general, también soy de esos a los que les cuesta mucho abandonar cualquier tarea que emprenden como si temieran que se les acusara de deserción. Es por ello, que aquí sigo tecleando, ya tengo un párrafo y poco a poco ésto va tomando forma y la fe se va adueñando de mí. ¿Puede ser verdad que vaya a publicar un artículo en este rinconcitoblog? Si no creyente, sí que me veo ilusionada al menos. Y con esta ilusión decido que sí, que me abono al blog, no sé por cuántos viajes aún, todo depende de la conductora y dentro de un ratito del duendecillo... (crucemos los dedos)

 Patri (15/03/08)

Cliff-hanger

Cliff-hanger

No soy muy ducho en ciencias, o en asuntos empresariales o económicos, y además me la traen al pairo, pero no soy tan tonto como para no darme cuenta de que un gran número de los accionistas, y manos derechas de unos y de otros, tendrían algo que decir o reprochar, o almacenar en la vena, y esperar a acribillarme en el coche al puro estilo Bonnie and Clyde, sin hablar del hijo de mi tío, Óscar, que me mira mal desde que nació, diez años antes que yo, y en ese tiempo ya odiaba la perspectiva de que yo naciera.

-No quiero ninguna acción de la empresa. – Mi tío se retorció en la silla ante mi negativa, frunció el ceño y aspiró una buena calada de su puro habano, me miró fijamente.

Sólo quiero darte lo que siempre fue tuyo.

- Mi padre lo dejó bien claro, ¿No crees?- estaba empezando a cabrearme y ya estaba viendo las orejas al burro.

Olvídate de tu padre, nunca estuvo en sus cabales, tu padre tenía mucho en qué pensar. – Desde que era un niño he oído siempre la misma frase, sí, ya sé que mi padre era un hombre de negocios muy atareado y que su tiempo estaba consagrado al dinero pero nunca he soportado que los demás se refieran a ese hecho como si fuera natural, como si no hubiera nada que reprochar a ese tipo de conductas materialistas e inhumanas. Mi pulso se aceleró, oía el bombeo de mis latidos en la cabeza, los nervios se acumularon en mis manos y en mis brazos, me aferré fuerte a la silla con la intención de no sacar mi puño a pasear y romper alguna cosa. Estaba enrojeciéndome por la furia cuando oí la puerta abriéndose a mi espalda, no sabía quién era pero vi cómo el color de la cara de mi tío se tornaba cada vez más pálida. Volví la cabeza temiéndome contemplar al Duende Verde o al Dr. Octopus (y yo sin mi traje), pero sólo era Óscar.  

-Te estás haciendo viejo papá, deberías ir pensando en la jubilación porque hay pocas cosas tan penosas como un hombre venido a menos sin conciencia de ello.- Me levanté para decirle a ese niño mal criado que se lavara la boquita y empezara a mostrar algo de respeto pero mi tío se adelantó y, para mi sorpresa, no le reprendió sino que mansamente le dijo que no era el momento, que se estaba equivocando. A estas alturas de la película yo ya estaba absolutamente perdido, era como si me hubiera ido a mear en medio de una sesión y al volver me hubiera equivocado de sala y estuvieran proyectando una cinta distinta, de Qué bello es vivir a Pulp Fiction. Óscar me miró mientras me hacía gestos con su mano derecha para que fuera hacia él.

Pero qué coño quieres.- No me darían ningún óscar por esta mierda de diálogo.

-Ahora eres ciego además de gilipollas, ven guapito, nos vamos a dar una vuelta.-  Eso me sonó a “te voy a partir tu carita de niño guapo” y me cagué encima, para qué negarlo, Óscar estaba enloquecido, cabreado, enajenado, y en vistas a su estado hice acopio de fuerzas para seguirle mientras tragaba el nudo de mi garganta, y evitar así, llorar como un niño pequeño. Aunque tengo que decir que sí me hubieran dado el óscar por esta interpretación porque mi actuación fue impecable. Incluso cuando sacó su 357 de la sobaquera, no sin esfuerzo, porque semejante trasto pesa una barbaridad.

 

El espejo

El espejo

Toqué el cielo con las manos, rasgué un par de nubes y al llevarme los dedos a la boca, recuerdo aún el sabor a caramelo… A quién le importa que solo fuera mierda, en mis labios era caramelo. Cuál es el lado del espejo en el que debo quedarme, me pregunté, acaso saltar de un lado al otro y lesionarme arriesgándome a sentarme en el banquillo no sea la opción correcta. Estábamos desnudos, en la cama, a punto de dormir.

-          ¿Estás bien? – preguntaste.

-          No. – contesté.

Y tras un inmenso estruendo, que solo yo escuché, el espejo se hizo añicos. Aún no he descubierto en qué lado me encontraba, tal vez, la lesión fue producida por una dura entrada en el pie de apoyo cuando fui a rematar por la escuadra. O tal vez se produjo, por un empujón al lado del espejo en el que no quería estar. Ese que sabe a mierda. Resumen: roja directa o sabor a mierda.