El Pórtico de la Gloria
Les voy a contar un cuento sin paradoja. Un sinsentido. No sé si habrán visitado Santiago de Compostela. Hasta allí nos desplazamos.
Al entrar en la Catedral Jacobea por la portada de la actual plaza del Obradoiro se puede observar el pórtico que realizara el maestro Mateo fechado en 1188.
Entre las estatuas-columna que representan a los Profetas encontramos una que sonríe. Es el profeta sonriente, su nombre no lo voy a decir (porque se llama como tú). Sonríe porque tiene delante a la reina de Saba, a quien en el siglo XVIII le pintaron el escote por descocada. (De eso te ríes. Te ríes de las mujeres y las utilizas para divertirte) Pobre reina de Saba que acabará enamorada, sola y llorando a pesar de los antidepresivos. Desvelada. Lo gracioso es que el profeta de la enorme y preciosa sonrisa, estatua-columna que vive sometida al fuste, no llegará nunca a tocarla, a olerla, ríe porque es tan idiota que no sospecha siquiera su condena. Desconocedor del alma de la reina se conformará con observar lo que el arzobispo púdico no escondió bajo la pintura.
Quizá fue condenado a mantener su sonrisa pétrea sine die, con lo que duelen las largas sonrisas forzadas (aunque el rey de la comedia identifica reto y adversidad). O quizá simplemente ganó y la condenada es ella, obligada a contemplarle sonriente, inocuo, indolente.
No envidio el espacio que les separa porque en ese corto vacío corren tormentas y resuenan lamentos.
Lástima que no puedan apagar el móvil y dar media vuelta y volver a casa. El profeta contemplaría sus cuadros y canturrearía su música, la reina jugaría con su gata y escribiría poesías.
Así es como el olvido gana sus batallas.
Es más, que las siga ganando, porque semejante tortura sólo es asumible por estatuas-columna de granito condenadas a la eternidad de un fuste.
Para los humanos, un recuerdo que cure el olvido, como mucho, y a la cama, a dormir, que mañana será otro día (igual).
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