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Inadorable y común de rostro

El jardín de mi casa

El jardín de mi casa

En el jardín de mi casa solía residir un gnomo de cerámica, entre las rosas y el arbusto que mi media costilla regaba incansablemente hasta el mismo día en que murió. No era un enano clásico de rojas vestiduras y largas barbas blancas. Ataviado siempre con gabardina y gafas de sol disfrutaba leyendo el New Yok Times a primera hora de la mañana. Le observaba desde la ventana de la cocina a la hora del desayuno. Entre sorbitos de café contemplaba al enano pasar las hojas del periódico mientras negaba con la cabeza. Después lo leía al revés, y con un rotulador amarillo fosforito subrayaba letras sueltas al tiempo que contaba en voz alta los números primos de dos cifras in crescendo, y luego, comenzaba otra vez. Más tarde se retiraba detrás del arbusto. Allí permanecía. Cuando volvía de mi trabajo en el bufete de abogados, como ilustre pasante, y miraba al jardín, se le veía normalmente charlar con Manchas, el perro de la vecina, o jugar al dominó con los gatos de la difunta señora que ocupaba con anterioridad el piso de la vecina. Al ocuparse de nuevo la casa Manchas se dedicó a desperdigar a los felinos amigos de la fallecida anciana por el barrio. Porque todos preferimos disfrutar de la solemne posesión del sofá en solitario. Una mañana decidí burlar al gnomo de jardín y esperar a ver dónde iba tras su retirada a los arbustos. Como cada mañana me dispuse a ir al trabajo, pero en lugar de bajar con mi monopatín calle abajo, dí la vuelta a la altura del puesto semi ambulante de literatura erótica de la calle paralela a la mía. Observé desde lo alto de una farola cómo el gnomo se metía en casa utilizando la gatera, bajé de un salto y rodeé la casa, entrando en el momento justo en que empezó a teclear en internet. Le pregunté qué estaba haciendo y con la cara sumisa de un dogo sorprendido comiéndose las magdalenas de su dueño me contó su historia. Era un agente infiltrado del CESIGJ (Centro de Seguridad e Inteligencia de los Gnomos de Jardín) investigaba la información de una fuente que aseguraba que tanto el Movimiento de Liberación de Gnomos de Jardín como el Frente de Liberación de Enanos de Jardín preparaba un atentado kamikaze en los bosques al norte de Devon, Inglaterra. Allí se encuentra la reserva de gnomos más grande del mundo con casi dos hectáreas de terreno y más de mil gnomos y duendes. Si culminaban su correría sería un verdadero desastre. Una matanza. Los altos mandos del CESIGJ se comunicaban con él a través del New York Times, y siguiendo una dificilísima clave numérica daba con unas páginas de internet que debía consultar desde mi casa, porque mi jardín carecía de toma de tierra. Sus compinches, Manchas y los gatos, le ayudaban a recopilar información de los gnomos de los alrededores. Intentó enseñarme algunas carpetas con información al respecto pero no pude leerlas porque mis gafas se rompieron cuando bajé de la farola. Al verme implicada en semejante operación mis nervios comenzaron a agarrotar mi cuello provocando una galopante tortículis, intentó el gnomo calmarme confesando que mi colaboración sería recompensada y que nos sometían a una intensa vigilancia vía satélite. Gracias a sus palabras y un litro de tila empecé a relajarme. Mi única responsabilidad era aparentar normalidad. Al principio me resultaba complicado, luego me acostumbré, tanto, que cuando el gnomo me contó el feliz desenlace yo sólo pensaba en qué haría él al haber finalizado su misión. La policía de Lothian apresó a los kamikazes en mayo del 2004, se trataba 14 gnomos de jardín que sufrían paranoia por inyección de excrementos de ardilla tratados en laboratorio. Al parecer el gnomo también se había acostumbrado a mi presencia y, cuando la reserva de los bosques de Devon nos pagó una suma que haría temblar al mismísimo Gates por nuestra hazaña, decidimos comprar una pequeña isla al lado de la que tuviera Marlon Brando para envejecer con dignidad. Manchas sirve los cóckteles mientras los gatos masajean con sus patas nuestras espaldas, después, por la noche, encendemos una hoguera y todos juntos cantamos los grandes éxitos de Los Pecos. Esto es felicidad.

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