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Inadorable y común de rostro

Un paseo

Un paseo

En Radio Zaragoza sonaban Angelitos Negros o Dos gardenias... no lo sé muy bien. Se colocó sus pantalones milrayas recién adquiridos, la camisa de rayón, la americana de grandes hombreras y con el pelo hacia atrás modelado con brillantina fue a dar una vuelta. Salió a la calle ataviado con la gabardina, como era su costumbre. Quizá quedó con su amigo el fotógrafo en el Café Alaska, aunque seguramente fuera en el Ambos Mundos, porque le gustarían las columnas de hierro fundido y el color pastel de la decoración modernista. Allí charlaría de Amparo Rivelles, Robert Taylor, la Piquer o Manolete. Supongo que también hablaría de economía y de lo mal que andaban las cosas, después de una guerra, ya se sabe. Tal vez también se comentó algo sobre estraperlo y cartillas de racionamiento. Quizá fuera demasiado comentar, a lo mejor preferían hablar de Soladrero o Amestoy y del campo de Torrero. No dudo de que la mayoría  de las conversaciones  volarían alrededor de los topolinos de la vecina. Al salir del café verían la Facultad de Medicina, donde pronto sería operado, aunque no creo que eso lo supiera todavía.

Tras el café y la charla se acercaron al Frontón Cinema para ver un combate de lucha libre americana o quizá al Teatro Principal, a ver alguna obra que la censura hubiera permitido estrenar.

Tal vez, en su día libre, mi abuelo se pasara la tarde dibujando a grandes estrellas del cine, como demuestra lo poco que me queda de él. O guardando recortes de periódicos con mapas que explicaban el desarrollo de la segunda Gran Guerra, no sé si leería lo que llegó a continuación, no sé si llegó a conocer lo que hoy sabemos, aunque a través del tamiz informativo seguro que le llegaron noticias de aquello. No hay recortes de eso.

Ahora, y llevan ya un tiempo, están reformando el Paraninfo, la antigua Facultad de Medicina, donde a mi abuelo le detectaron el cáncer que intentaron extraerle, y no consiguieron, aunque Guadalupe le dijera lo contrario, es comprensible que no se lo dijera, el joven sólo pasaba el cuarto de siglo por un par de años y no vería ninguno más.

He entrado pocas veces al Paraninfo, siempre por obligación, pero me gustaba que estuviera allí, ahora no sé qué será de aquello que contemplaron los ojos del abuelo. Y cada vez queda menos. Con imaginación, a veces, voy a pasar la tarde con mi abuelo, vamos al cine a ver la última de Cantinflas o Jorge Negrete. En verano compramos melón, en invierno, castañas, y entre bocado y bocado, pone ojos como platos cuando le hablo de un tal Bill Gates.

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