Cliff-hanger
No soy muy ducho en ciencias, o en asuntos empresariales o económicos, y además me la traen al pairo, pero no soy tan tonto como para no darme cuenta de que un gran número de los accionistas, y manos derechas de unos y de otros, tendrían algo que decir o reprochar, o almacenar en la vena, y esperar a acribillarme en el coche al puro estilo Bonnie and Clyde, sin hablar del hijo de mi tío, Óscar, que me mira mal desde que nació, diez años antes que yo, y en ese tiempo ya odiaba la perspectiva de que yo naciera.
-No quiero ninguna acción de la empresa. – Mi tío se retorció en la silla ante mi negativa, frunció el ceño y aspiró una buena calada de su puro habano, me miró fijamente.
– Sólo quiero darte lo que siempre fue tuyo.
- Mi padre lo dejó bien claro, ¿No crees?- estaba empezando a cabrearme y ya estaba viendo las orejas al burro.
– Olvídate de tu padre, nunca estuvo en sus cabales, tu padre tenía mucho en qué pensar. – Desde que era un niño he oído siempre la misma frase, sí, ya sé que mi padre era un hombre de negocios muy atareado y que su tiempo estaba consagrado al dinero pero nunca he soportado que los demás se refieran a ese hecho como si fuera natural, como si no hubiera nada que reprochar a ese tipo de conductas materialistas e inhumanas. Mi pulso se aceleró, oía el bombeo de mis latidos en la cabeza, los nervios se acumularon en mis manos y en mis brazos, me aferré fuerte a la silla con la intención de no sacar mi puño a pasear y romper alguna cosa. Estaba enrojeciéndome por la furia cuando oí la puerta abriéndose a mi espalda, no sabía quién era pero vi cómo el color de la cara de mi tío se tornaba cada vez más pálida. Volví la cabeza temiéndome contemplar al Duende Verde o al Dr. Octopus (y yo sin mi traje), pero sólo era Óscar.
-Te estás haciendo viejo papá, deberías ir pensando en la jubilación porque hay pocas cosas tan penosas como un hombre venido a menos sin conciencia de ello.- Me levanté para decirle a ese niño mal criado que se lavara la boquita y empezara a mostrar algo de respeto pero mi tío se adelantó y, para mi sorpresa, no le reprendió sino que mansamente le dijo que no era el momento, que se estaba equivocando. A estas alturas de la película yo ya estaba absolutamente perdido, era como si me hubiera ido a mear en medio de una sesión y al volver me hubiera equivocado de sala y estuvieran proyectando una cinta distinta, de Qué bello es vivir a Pulp Fiction. Óscar me miró mientras me hacía gestos con su mano derecha para que fuera hacia él.
– Pero qué coño quieres.- No me darían ningún óscar por esta mierda de diálogo.
-Ahora eres ciego además de gilipollas, ven guapito, nos vamos a dar una vuelta.- Eso me sonó a “te voy a partir tu carita de niño guapo” y me cagué encima, para qué negarlo, Óscar estaba enloquecido, cabreado, enajenado, y en vistas a su estado hice acopio de fuerzas para seguirle mientras tragaba el nudo de mi garganta, y evitar así, llorar como un niño pequeño. Aunque tengo que decir que sí me hubieran dado el óscar por esta interpretación porque mi actuación fue impecable. Incluso cuando sacó su 357 de la sobaquera, no sin esfuerzo, porque semejante trasto pesa una barbaridad.
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