Guadalupe
Ella es un angelito de la guarda. Uno moderno porque parece un agente de la CIA. Elabora complicados operativos en departamentos estancos, herméticos. Digamos que es amante de los callejones oscuros, ciega, muda, omnisciente.
Consigue con sus desinteresadas obras que familias enteras lloren a los vivos y que suenen los corazones a bombos de Calanda en plena rompida. No hay más humana que Guadalupe. Como ella sabe lo que necesitas te tiende su mano (con lo que tuviera) agradecida por no rechazarla... y si ese agradecimiento te lleva a querer recompensarla... ya no se acuerda de la razón, de los motivos, con sonrisa mentirosa y un beso en la mejilla.
Podría enarbolar su bandera de grandes gestas cual Agustina de Aragón y ser admirada, pero prefiere su rincón de sombra, plantar semillas de bondad a oscuras que brotan, vaya si brotan. Cuando algún delator agradecido la traiciona y cuenta sus batallas, siempre a sus espaldas, el corazón duele de lo bella que es.
El sinónimo de Guadalupe es ensalmo de almas que quieren ver. Y los ciegos se aprovechan. Y ella se ríe.
Ha practicado su vudú durante generaciones enteras, no sólo a mí, que también, sino a aquellos que estaban antes que yo y a quienes debo la vida que no es poco. También con los que se han ido, y con los que se fueron antes de conocerlos, porque Guadalupe cuida de los vivos y de los muertos. Y calla. Y no preguntas porque no va a contestar, porque no puede, porque llora.
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