Aún queda alguien
- Aún hay, aún queda buena gente...
Me ha llamado desde el móvil esta mañana, a la hora del trabajo. Era Mayte, mi cuñada, una mujer responsable, madre de dos princesas, con la cabeza llena de dragones y torneos de caballeros medievales formados en el CESID.
- Te llamo para que recuperes la fe en el ser humano, esta mañana me he topado con buena gente.
Es cierto, he perdido la fe. Pero no soy la única, ella también. Sabía que estaba a punto de escuchar un estupendo relato:
DE LO QUE ACONTECIÓ A LA HORA DEL DESAYUNO
Trabaja conduciendo de lado a lado de la ciudad. Una ciudad prestada tan ajena para ella como cercana, porque le ha dedicado muchos años. A la hora del desayuno, como siempre, se ha decidido por un bar cualquiera. Todos son iguales. Un café con tostadas no requiere las atenciones de un buen foie, o una paella de marisco.
Al entrar ha reparado en el camarero que sufría una anomalía en uno de sus brazos. Al llegar a este punto he de aclarar que no somos amigas de las historias de nata y lágrima fácil. Simplemente era así, como quien tiene hoyuelos en los hombros, nos dan más pena las taras del alma, sin duda.
Conociéndola, habrá degustado su desayuno sentada en la silla con los brazos en la mesa en otra galaxia muy muy lejana, debatiendo con el demiurgo la casuística de la virtud, o redactando mentalmente la lista de la compra en alguna parte no lejos de la vía Láctea. El camarero ha servido su desayuno en la mesa, en varios viajes, plato a plato, con la gracia de la costumbre.
De vuelta a la Tierra con el estómago lleno, habrá ido a pagar, no sin antes llevar toda la vajilla de vuelta a la barra. Costumbre adquirida de joven y reforzada a base de cuidar de dos princesitas y un marido.
- Qué hace mujer, no hace falta. Gracias, gracias...
- No hay por qué darlas.- Un humanoide le habla, vuelta a la realidad.- Cóbreme, por favor.- El monedero de Mayte: un maremágnum de papeles, recibos, tickets, algún chicle, entradas de cine, tal vez un carnet, o una tarjeta... Sus diminutos dedos rebuscando entre la marea de objetos, hundiéndose entre monedas, montones de ellas, ninguna de euro o dos euros.
- Está usted invitada.
- Cóbreme, por favor.- Con ojos como platos.
- Ya ha pagado usted recogiendo la vajilla. Gracias.
Definitivamente todos los bares son iguales pero no son los bares los que sirven los cafés.
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