Una carta de amor
Mi sobrina menor cuenta hoy con cuatro escasos veranos.
Es inquieta, inteligente, creativa, cabezota, preciosa.
Se llama Adriana.
Acompañó a su madre hace pocos días en una de las tareas más triviales que componen nuestras, en general, monótonas vidas.
Esto es: comprar en el Mercadona.
Sumergidas en esa tediosa tarea, pasillo arriba y abajo del supermercado, Adriana dio con un post-it amarillo en el que algún alma olvidadiza apuntaba aquellos enseres que debían limpiar su casa, llenar su cesta, y por ende, su nevera.
Entre los guiones que indicaban pan, leche o huevos mi sobrinita descubrió espontáneamente una carta de amor. Así se lo hizo saber a su madre, que intrigada por su conciencia de agente del CESID, empezó a indagar en semejante afirmación.
Quién, cuándo, dónde y por qué.
Mi cuñada licenciada en hispánicas siempre quiso estudiar periodismo.
La niña leyó aquella carta:
Querida Adriana:
Te invito a un baile de princesas para que te cases conmigo.
Con todo el amor de mi corazón que te quiere mucho,
Pedro.
¿Quién es Pedro?, preguntó su madre. La niña sin pensárselo le contesto que era un amigo, que no era del cole, pero un amigo.
Más tarde, mi cuñada me contó la aventura de mi sobrina, resaltando, como es natural, la imaginación de la criatura.
Adriana se puso al teléfono.
Le pregunté por aquella carta, dijo que ya no la tenía y que no me la podía leer.
Aquello generó potentes carcajadas tanto en su madre como en una servidora.
Posteriormente, Adriana dijo que pese a no atesorar aquella carta se acordaba de su contenido, así pudo decirme lo que se decía en ella.
Qué maravilloso mundo ese en el que los aviones caben en la plaza de un coche, en el que hay dragones en el zoo y, como no, donde las ciervas se distinquen de los ciervos por tener tres cuernos en lugar de tres.