Mercucio
Problema y madre biológica de las dudas es la curiosidad. Una facultad animal que parece entender Bisbe Joan (mi gata) y yo. En las horas que comparto con ella me cuenta historias de gatos. Pocas veces habla de los humanos porque todos sufren del síndrome de Mercucio. No tiene nada de especial que mi gata lea a Shakespeare, todos los gatos del barrio lo hacen en los bajos de los coches, cerca de las farolas, donde hay mejor luz.
Según Bisbe, el síndrome de Mercucio ahoga nuestra curiosidad para que la duda no nos obceque. Es un mecanismo de defensa, como la coraza, las capas de la cebolla o las frases hechas. Mercucio pierde su vida en el momento en que toma una elección, en que se posiciona, conocedor de su error, maldice: A plague o'both your houses!. Los seres humanos prefieren no tomar ninguna elección y que las cosas sucedan sin más, olvidando a un tiempo la curiosidad y la duda. En cambio, si tienes alma de gato, la curiosidad encabeza un golpe de estado y las dudas le apoyan en pequeñas o grandes guerrillas apostadas entre los matorrales.
El abuelo de Bisbe, que era médico, le contó cuando era pequeña que hubo una campaña de vacunación contra el síndrome de Mercucio mucho tiempo atrás. Tan sólo la probaron con algunos humanos porque no estaban seguros de que funcionara, de hecho, se dieron casos de locura, suicidios, algún escritor... y yo, que soy inclasificable. Nunca llegaron a comercializarla porque los efectos secundarios fueron gravísimos.
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