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Inadorable y comĂșn de rostro

Historias de gatos

La siesta

La siesta

Ayer dormíamos la siesta Bisbe Joan y yo. Abrazadas. Ella posaba su cabecita en mi hombro derecho y sus cuatro patas asían mi brazo. Conversábamos con el cansancio que provoca la conquista del sueño, ella además tenía problemas para hablar por el constante ronroneo que, a veces, le provocaba una tos con breves espasmos que la obligaban a levantar el morrito haciéndome cosquillas con sus largos bigotes. Le hice una confesión humana, ella no se rió de mi porque es muy educada. Le dije que dormía mejor con ella que con cualquiera que hubiera dormido antes, y que la prefería a ella antes que a cualquiera para ese menester. Sin sorprenderse ante tales afirmaciones me recordó esas estampas que reflejan una maraña de gatos durmiendo juntos, como si se hubieran desplomado jugando al Enredo.

Dormir con otro ser humano es complicado. Requiere años de práctica o años que, al transcurrir, aumentan la necesidad de calor humano. Esto viene dado por nuestra inseguridad. Bisbe Joan me explicó, entre ataques de tos, que los gatos duermen despreocupados con otros gatos porque son conscientes de sí mismos, porque no tienen necesidad de tener confianza con el resto, porque les da igual, porque el calor es placentero y el resto son tonterías. Los humanos, me dijo, estamos marcados por códigos éticos que nos llevan a caracterizar cada acto, a dotarlo de significado que rara vez alberga. Me explicó que por muy progres que nos creamos nos mueven los hilos de las convenciones y los prejuicios como si fuéramos marionetas. En ese momento noté compasión en su voz. Me explicó que somos seres timoratos. Me riñó porque eludimos el instinto. Me despreció por racional.

La acaricié entonces entre sus orejas, ella me besó la mano con su lengua de lija del ocho, y nos dormimos.

Mercucio

Mercucio

Problema y madre biológica de las dudas es la curiosidad. Una facultad animal que parece entender Bisbe Joan (mi gata) y yo. En las horas que comparto con ella me cuenta historias de gatos. Pocas veces habla de los humanos porque todos sufren del síndrome de Mercucio. No tiene nada de especial que mi gata lea a Shakespeare, todos los gatos del barrio lo hacen en los bajos de los coches, cerca de las farolas, donde hay mejor luz.

Según Bisbe, el síndrome de Mercucio ahoga nuestra curiosidad para que la duda no nos obceque. Es un mecanismo de defensa, como la coraza, las capas de la cebolla o las frases hechas. Mercucio pierde su vida en el momento en que toma una elección, en que se posiciona, conocedor de su error, maldice: A plague o'both your houses!. Los seres humanos prefieren no tomar ninguna elección y que las cosas sucedan sin más, olvidando a un tiempo la curiosidad y la duda. En cambio, si tienes alma de gato, la curiosidad encabeza un golpe de estado y las dudas le apoyan en pequeñas o grandes guerrillas apostadas entre los matorrales.

El abuelo de Bisbe, que era médico, le contó cuando era pequeña que hubo una campaña de vacunación contra el síndrome de Mercucio mucho tiempo atrás. Tan sólo la probaron con algunos humanos porque no estaban seguros de que funcionara, de hecho, se dieron casos de locura, suicidios, algún escritor... y yo, que soy inclasificable. Nunca llegaron a comercializarla porque los efectos secundarios fueron gravísimos.