La siesta
Ayer dormíamos la siesta Bisbe Joan y yo. Abrazadas. Ella posaba su cabecita en mi hombro derecho y sus cuatro patas asían mi brazo. Conversábamos con el cansancio que provoca la conquista del sueño, ella además tenía problemas para hablar por el constante ronroneo que, a veces, le provocaba una tos con breves espasmos que la obligaban a levantar el morrito haciéndome cosquillas con sus largos bigotes. Le hice una confesión humana, ella no se rió de mi porque es muy educada. Le dije que dormía mejor con ella que con cualquiera que hubiera dormido antes, y que la prefería a ella antes que a cualquiera para ese menester. Sin sorprenderse ante tales afirmaciones me recordó esas estampas que reflejan una maraña de gatos durmiendo juntos, como si se hubieran desplomado jugando al Enredo.
Dormir con otro ser humano es complicado. Requiere años de práctica o años que, al transcurrir, aumentan la necesidad de calor humano. Esto viene dado por nuestra inseguridad. Bisbe Joan me explicó, entre ataques de tos, que los gatos duermen despreocupados con otros gatos porque son conscientes de sí mismos, porque no tienen necesidad de tener confianza con el resto, porque les da igual, porque el calor es placentero y el resto son tonterías. Los humanos, me dijo, estamos marcados por códigos éticos que nos llevan a caracterizar cada acto, a dotarlo de significado que rara vez alberga. Me explicó que por muy progres que nos creamos nos mueven los hilos de las convenciones y los prejuicios como si fuéramos marionetas. En ese momento noté compasión en su voz. Me explicó que somos seres timoratos. Me riñó porque eludimos el instinto. Me despreció por racional.
La acaricié entonces entre sus orejas, ella me besó la mano con su lengua de lija del ocho, y nos dormimos.