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Inadorable y común de rostro

La caricia del abanico

La caricia del abanico

Estoy convencida de que no soy la única que ha llorado hoy. Iba camino del trabajo, paseando, cuando me he cruzado con un grupo de tres personas. Con mis dotes de socióloga aficionada, o mis aires de bruja, no sé, he deducido que se trataba de una madre con su hija, y el novio de ésta. Iban de compras o al médico, bien arreglados y relajados. No me he fijado en ellos más tiempo del habitual, años atrás no era así, pero ahora, analizo y paso por mi scáner visual a cada transeúnte, de cualquier sexo, talla o religión. Ya había fijado mi mirada en el próximo punto, un hombre de mediana edad, bien trajeado, por su porte diría que iba a tomar café con algún cliente, o al despacho, lo que es seguro, es que tenía una cita con alguien, se nota en una forma especial de arrugar la frente y en el balanceo del cuerpo al caminar, moviendo las manos con agilidad. Cuando el primer grupo hubo pasado por mi lado derecho, ocurrió. Fue como la caricia de viento que regala el abanico, un aire suave que olía a ti. Ha sido una tarde magnífica, un sol radiante, tanto, que no me he atrevido a salir de casa sin mis gafas de sol y no he podido evitar comprar el cucurucho de limón al salir del trabajo. Gracias a mis muchos años de glaucoma, y miles de gotas y pruebas insufribles en los ojos, disfruto de una relación estrechísima con mis gafas de sol. Han sido mis aliadas, mi coartada, porque mi orgullo censura el gimoteo público. El llanto me ha asaltado al abordaje, desprevenida, ausente, desnuda. Me ha ganado por una lágrima, y ésta, ni siquiera ha llegado a mi mejilla, pero me ha vencido. Me alegra que no me guardes rencor, me dijiste la última vez que hablamos por teléfono hace una vida. El muy idiota.

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