Mendacidad
Mendacidad. Qué palabra. La descubrí hace mucho tiempo gracias a uno de esos escritores de Broadway que gozaron de éxito en la gran pantalla, uno de los más grandes. Tennessee Williams. Nunca arrebatará el espacio que Howard Hawks ocupa en mi corazón pero era uno de los grandes. A lo que iba. Mendacidad. Me pregunto en qué medida somos cómplices de esta palabreja. La he elegido por su incongruencia irracional. Todos la odiamos, y sin embargo, todos la practicamos… ¡eh! ¡Oiga! ¡Usted! ¿Dónde pretende esconderse? ¿Acaso alguno de nosotros se ha visto exento del dolor que produce cuando eres víctima de ella, y lo que es mejor, recordamos la absoluta indiferencia que sentimos al practicarla? Ya lo sé, hablar de costumbre o hábito de mentir quizá es exagerar, porque aunque mintamos lo hacemos de forma esporádica… ¿verdad? Les propongo que pierdan dos minutos en reflexionar sobre esto. Quizá no mintamos a quienes tenemos más cerca, esas personas que nos importan, a aquellas que queremos y forman parte de nuestras vidas, o nos gustaría que así fuera… pero… ¿y aquellos con los que nos cruzamos y no representan nada en nuestra existencia? Eso ya es otra historia. Y hasta qué punto debe preocuparnos. Eso depende de lo que os queráis a vosotros mismos, es una elección, y eso es la vida, elegir.
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