Blogia
Inadorable y común de rostro

Palabrejas

Ahíta

   

Me la presentaron un día de lluvia. El color gris dominaba el cielo, e incluso, las pupilas de los viandantes. En concreto para mí, el gris teñía hasta la sangre de mis venas, mis recuerdos, mis planes, mi cartera. Fue uno de esos días que pasan y se olvidan al momento. Excepto ése porque fue el día en que me la presentaron.

En primer lugar perdí el autobús por escasos metros, olvidé mi paraguas en la puerta de casa, descubrí que el calzado que elegí resultaba inapropiado para el diluvio universal, mi abrigo carecía de cualquier propiedad impermeable, en realidad estaba dotado de una permeabilidad superlativa de alrededor de unos veinte kilos de peso. Mi interior era una cueva oscura con estalactitas y estalagmitas comunicándose en morse valiéndose de redondas y alargadas gotas de agua helada que calaban hasta mis grises huesos.

Ella permanecía de pie alargando su mano derecha hacia mí a la espera del saludo oficial. Inmutable, erguida, frígida.

Era alta, delgada y sobre todo gris.

El apretón de manos que compartimos se describe intenso, largo y liberador. Su tacto era cálido en exceso, le sudaban las manos. Mientras constreñía mi mano larguísima hasta el ridículo me susurró con voz dulce: Mi nombre es Ahíta, creo que no nos conocíamos.

Sus palabras me causaron estupor, resultaron casi cómicas. Cómo diablos no iba a conocerla, la vi millones de veces antes de aquella en todas partes, en casa, en la bañera, en el trabajo, en las reuniones familiares, lo único que me faltaba era conocer su nombre.

Y ahora ya era mía.

Con la adquisición de Ahíta en mi colección encontré un pedacito de mi propia persona, de mi ser, de mi alma, de mi calma. Ahora que era mía, podría desmenuzarla, diseccionarla, estudiarla y guardarla con el resto de mis tesoros aliñados con formol. La había cazado y sería para mí siempre.

No olvido a quien me la presento, ni sus circunstancias porque es un todo indivisible, una fortaleza minoica con perfil de Cyrano que dedicaba los días a observalos pasar, tomaba notas de los que le enseñaban a extraer algún jugo sabroso de la vida, a veces ilusionado, y otras veces, sin ganas, casi por no llorar. Un forense hambriento que anhela las conclusiones de Fausto. Así era él. No vendió su alma al diablo por falta de crédito, porque no creía en él, ni en nadie. Almibarado como estaba de conciertos para piano y violonchelo, de obras creadas para gallineros y de letras, de letras escritas por locos incomprendidos ayer, hoy y siempre.

Hermético

Hermético

Este epíteto se emplea comúnmente en nuestras vidas cotidianas.

A mí me suena a compuertas y submarinos, sobre todo a color gris, y a frío, e incluso, tal vez a agua. 

Sería comprensible que a más de uno le produzca una claustrofobia galopante, a mí no. Supongo que participo en parte, en mi cajita, a oscuras, como un gato. A mil kilómetros de cualquier parte.

Me duele escuchar el chirriar de las compuertas. Me avisan junto a la marea alta de que el submarino se hunde.

Ocurre de vez en cuando como los huracanes.

Un ratito en la quietud inquieta y todo pasa, no se olvida, pero ya no duele.

Tal vez el problema no sea el hermetismo sino la impresión en la memoria del proceso que me lleva hasta el aislamiento. Quizá me abstraigo demasiado para tratarse de un blog. Perdonen.

Volviendo al hermetismo, es fácil llegar hasta él, es adictivo, resulta difícil no cogerle cariño porque el aislamiento que éste produce es un refugio, y puede acabar siendo un hogar, un hogar para el alma. Lo que resulta negativo de este tipo de refugios es sin duda el aforo, que se completa enseguida. De limitado pasa a limitadísimo. Con uno ya está hasta los topes.

Yo me pregunto si existe alguna salida de emergencia que permita salir del submarino antes de que se hunda hasta el fondo. O simplemente recurrir a la paciencia para sobrellevar los caprichos del alma.

 

Mentira

Mentira

Les invito a tomar entre sus manos ese libro que parece un ladrillo, blanco, azul y rojo que tiene por título : Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. O si son vagos como yo, vayan a su página web. Tanto con una cosa como con la otra, busquen esta palabra: Mentira.

Odio las mentiras, y quién no. Pero yo odio TODAS las mentiras. Las que todos conocemos y sufrimos. Y las otras, las manchas blancas que salen en las uñas... que tienen tantas historias, tantas leyendas... y ese insufrible chasquido de los dedos de la mano que en forma de odiosa costumbre acompaña a los nerviosos, ese ruido me horroriza desde que era una niña. Recuerdo que siempre lo hacía Goyo, un amigo de mi padre que nos dejó hace muchos años. Qué voy a decir de las documentales...

Todas estas mentiras me sacan de quicio, sólo las primeras, las conscientes y desconsideradas mentiras de la razón humana son las que me duelen. Supongo que nadie se libra de eso. Estoy convencida de que desconocían las otras...¿por qué será?

Mendacidad

Mendacidad. Qué palabra. La descubrí hace mucho tiempo gracias a uno de esos escritores de Broadway que gozaron de éxito en la gran pantalla, uno de los más grandes. Tennessee Williams. Nunca arrebatará el espacio que Howard Hawks ocupa en mi corazón pero era uno de los grandes. A lo que iba. Mendacidad. Me pregunto en qué medida somos cómplices de esta palabreja. La he elegido por su incongruencia irracional. Todos la odiamos, y sin embargo, todos la practicamos… ¡eh! ¡Oiga! ¡Usted! ¿Dónde pretende esconderse? ¿Acaso alguno de nosotros se ha visto exento del dolor que produce cuando eres víctima de ella, y lo que es mejor, recordamos la absoluta indiferencia que sentimos al practicarla? Ya lo sé, hablar de costumbre o hábito de mentir quizá es exagerar, porque aunque mintamos lo hacemos de forma esporádica… ¿verdad? Les propongo que pierdan dos minutos en reflexionar sobre esto. Quizá no mintamos a quienes tenemos más cerca, esas personas que nos importan, a aquellas que queremos y forman parte de nuestras vidas, o nos gustaría que así fuera… pero… ¿y aquellos con los que nos cruzamos y no representan nada en nuestra existencia? Eso ya es otra historia. Y hasta qué punto debe preocuparnos. Eso depende de lo que os queráis a vosotros mismos, es una elección, y eso es la vida, elegir.