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Inadorable y común de rostro

El símbolo geométrico de la felicidad

Cierto es que una servidora pasea por la cuneta de la literatura, avistando los camiones pasar a toda velocidad por mi lado sin poder siquiera divisar una triste matrícula. En mi defensa esgrimiré un argumento sencillo en su base al que añadiré florituras en forma de metáfora visual en su desarrollo que es, precisamente, lo que más me gusta.

Para empezar haré una confesión por medio de una enunciativa simple:

He cruzado el umbral de mí misma.

El sujeto escondido, implícito, como yo.

Ahora es cuando la liamos.

La perspectiva visual y moral que sirvió de cátedra a mis escritos ha cambiado de orientación, ha tomado el camino de la extroversión, ex en lugar de in, eso implica más tiempo de reflexión, y como no, de análisis. Las premisas que debo considerar se han multiplicado considerablemente, con ello, confío en recolectar pensamientos más jugosos, más maduros, más interesantes.

Una gilipollez de esas que me asaltan por las noches (maniobras de la luna aburrida) es la idea de la forma geométrica de ese subproducto que es la felicidad. El fruto caprichoso y no manipulable de las experiencias vividas. Y coincidirán conmigo en que la felicidad, por imperativo, es rectangular.

Rectangular y sin aristas, de bordes muertos, romos.

Los colores diversos, a la carta, según preferencias de gusto, de moda, de presupuesto.

¿Que de qué estoy hablando?

De ese mueble imprescindible que es la cama.

¿En algún otro lugar han podido ser más felices que en la cama? Por razones diversas, descanso, sueño, reflexión, reunión o sexo, no importa.

Porque siempre son almas desnudas las que reposan sobre el colchón.

Porque sólo te pones el pijama.

Porque te quitas todo lo demás.

Porque la vida se reduce a lo esencial.

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